Como dicen que alguien dijo: lo que no puede ser, no puede ser y, además, es imposible. Tanta Terra Mítica, Ciudad de la Luz, Ciudad de las Artes y las Ciencias, Visitas papales, Televisión Valenciana, Fórmula 1, Aeropuerto de Castellón, Gürtel, Brugal, Emarsa, negocios de Calatrava y, para rematar la faena, la peligrosa amistad con Urdangarín, han resultado letales para la Comunidad Valenciana.
Desde Zaplana a Fabra, pasando por Camps, que estos días se sienta en el banquillo para responder de una parte de sus presuntas “chorizadas”, esta Comunidad ha estado gobernada por una panda de políticos ineptos, impresentables, cuyo único objetivo ha sido el de enriquecerse y enriquecer a sus amiguetes. Nada les ha importado el bienestar de sus conciudadanos, de los que se han reído, a los que han ninguneado y engañado a lo largo de casi veinte años, haciéndoles creer que vivían en una Comunidad próspera y bien gestionada, gracias al control, censura y manipulación de los medios de comunicación públicos.
A partir de hoy, ni siquiera los más reacios a creer lo que ya se conocía desde hace tiempo podrán seguir autoengañándose: somos una Comunidad en quiebra. Ya nadie nos presta un euro, porque saben que, si lo hacen, lo perderán. No podemos pagar lo que debemos, no somos de fiar; ahora, solo el dinero del Estado sirve para rescatar a esta “Comunidad fallida” que, según los cálculos más optimistas, debe algo más de veinte mil millones de euros. ¿Se imaginan?
¿En qué se han gastado ese dineral? Han privatizado hospitales, han dejado de construir centros escolares públicos, no han atendido las necesidades de los dependientes, han recortado hasta límites insoportables cualquier tipo de gasto social, han eliminado centros de investigación, se han olvidado de la cultura, ¿adónde narices han ido, entonces, nuestros impuestos?
Ahora, dirán que debemos ser solidarios, ajustarnos el cinturón, renunciar a nuestros sueldos, y pagar entre todos sus fechorías. Si los Valencianos tuviéramos un mínimo de dignidad y vergüenza sacaríamos a gorrazos del gobierno y las instituciones a toda esta panda de inútiles que tan descaradamente se han burlado de nosotros.

Deberían recordar a Jaime I cuando en Mallorca reclamó dignidad a sus notables: “Vergonya, cavallers, vergonya”.
Pero la vergüenza parece desaparecida. Quizá porque, cómo decía Marx, es un sentimiento revolucionario. Y no parece que estemos para revoluciones sino para sumisiones…
Abundan los “sin-vergüenza”: 2. adj. Dicho de una persona: Que comete actos ilegales en provecho propio, o que incurre en inmoralidades. U. t. c. s.
¿Cuánto más hace falta para decir basta?